La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor define dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada (o similar a la asociada) con un daño tisular real o potencial.

Aunque desagradable, el dolor es una respuesta efectiva frente a aquello que el cerebro interpreta como una amenaza.

Hay muchos tipos de dolor. Por ejemplo,  el dolor que se produce debido a un esguince de tobillo aparece como una respuesta inmediata del cerebro cuando interpreta que los tejidos están en peligro, incluyendo conductas que favorecen su reparación. El dolor puede desencadenarse como respuesta ante un daño menos evidente, aparecer progresivamente o incluso cronificarse. Del mismo modo, la experiencia del dolor también la usamos para referirnos al daño emocional, el dolor de un desamor puede llegar a ser tan horroroso como un dolor lumbar agudo. Asociar el dolor a las emociones nos permite ampliar nuestra visión a la hora de comprenderlo. 

De este modo las sensaciones dolorosas se convierten en una respuesta esencial para la supervivencia ya que nos obligan a movernos, a que pensemos y a que actuemos de manera diferente. 

Se ha demostrado que conocer la biología del dolor cambia nuestra forma de entenderlo, reduce su significado amenazante y contribuye a su tratamiento. Para ello debemos tener en cuenta al cerebro. 

Las  terminaciones nerviosas que se encuentran en nuestro cuerpo se encargan de recoger  diferentes sensaciones del medio externo y las convierten en información que en forma de impulsos eléctricos, nuestro cerebro es capaz de procesar. Las que se encargan específicamente de recoger la información dolorosa se denominan nociceptores. 

De manera muy resumida, antes de que esa información sea consciente , los impulsos eléctricos pasan por una parte del Sistema Nervioso Central llamada tálamo. La función del tálamo es enviar esa información a la corteza sensitiva, un pequeño mapa cerebral en dónde están representadas todas las partes del cuerpo y en dónde se hace consciente la sensación de dolor cuando activamos alguna de ellas.

Lo cierto es que no todo es tan fácil ya que la experiencia del dolor es muy amplia y va más allá, no depende solo del tipo de lesión sino de la percepción que tengamos cada uno del dolor en sí. 

Hay ocasiones en las que el dolor no cumple una función de protección y se produce como un mecanismo patológico, el dolor también se puede producir en ausencia de daño. 

La percepción del dolor es individual y está condicionada por multitud de factores que incluyen no solo los aspectos sensoriales y biológicos sino también los aspectos cognitivos (el dolor se construye en base a nuestras experiencias dolorosas) , los aspectos emocionales, los sociales o los culturales que pueden desencadenar su aparición, su mantenimiento o su exacerbación. 

Es importante tener en cuenta que el dolor es multifactorial especialmente en casos de dolor crónico (duración de más de seis meses) o cuando el dolor se complica, ya que el abordaje debe ser llevado a cabo de manera multidisciplinar incluyendo diferentes enfoques y  profesionales para su tratamiento integral.